Colombia de mis amores (diciembre de 2014)

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PELLO

VOLANDO CON ESCALAS HACIA BOGOTÁ

Tras una noche en Madrid, otra en Lisboa (por cierto, pagando 15 euros la noche en un hostal en el centro), 11 horas de vuelo, 2 de espera de las maletas y otra para el taxi se llegó al barrio Modelia de Bogotá, donde conocí a Betty, la madre de Kaliche, un amigo de hace años, cuya madre, Flor, ya nos alojó en Cartagena de Indias hace años.

Betty vive en un estrato 4 (nivel medio), y sobrevive vendiendo cuadros y enmarcándolos, aunque como casi todos, ha vivido de varias oficios, y poco beneficio. Trabaja desde el punto de la mañana hasta la noche, cuando cierra a cal y canto la casa y descansa. A su marido lo mataron delincuentes comunes frente a su casa hace mucho, y ha sacado adelante a sus tres hijos ofreciéndoles educación y cariño.

Contaba sonriente que su hijo Pierre, que vive en España (para más datos en Sarriguren), decía que en España nunca pasaba nada. Cuando escucho esto, me da por pensar que bendito aburrimiento el nuestro. Llevamos una vida sosa y monótona, pero creo que firmábamos casi todos para seguir en esta atonía alejada de los sobresaltos de estos países, que en muchos casos tienen tintes trágicos.

Cocinó changua para desayunar y ajiaco para almorzar. Riquísimos.

Contó con pesar que ha intentado dar con trabajadores responsables y eficientes que le ayuden en su negocio, en ocasiones sacándolos del mundo de las drogas, y lo complejísimo de dar con gente que responda. Como mucha gente en Colombia, da techo y comida totalmente gratis a la hija de una amiga.

LLEGADA A POPAYÁN

Iñaki y yo estamos dedicando más que nunca a vivir el día a día de la población local. Por ello, desde el primer día nos alojamos en casa de amigos, o de familiares de amigos. Todavía no hemos pisado un hotel.

Desde que he llegado a Popayán, ciudad a 12 horas en bus hacia el sur de Bogotá estamos alojados en la casa de los Medina Ruiz. Representan una familia sencilla y prototípica. Vivimos con ellos en un estrato 1, esto es, en un estrato que está subsidiado por el Gobierno puesto que pertenece a la gente humilde. Pagan menos por luz, agua, gas, subsidian lo estudios de los niños e incluso tienen ayudas ante desastres que afecten a la vivienda (terrorismo, inundaciones o incendios), etc.

Es una zona tranquila donde todos se conocen y se saludan. Además, gran parte de la familia vive en el mismo barrio o casas aledañas. Está repleto de pequeñas tienduchas en los bajos de las casas, a veces no identificados. Todo saben que tras esas ventanas enrejadas hay una abuelita que cocina rico, un señor que vende helados o un cibercafé. En una de las zonas con prado verde suelen pastar dos caballos y la casa de en frente tiene unos gallos que cruzan la carretera cada vez que pasamos por allí. Algunos vecinos arreglan el jardincillo, mientras otros ayudan a levantar su casa. Otros, en la parte inferior pintan su coche en plena calle mientras el vecino de en frente limpia con gasolina el motor de su Jeep dejando un reguero de aceite que corre por la acera hacia abajo.

Hace días que la recogida de basura es poco regular, porque los camiones no pueden acceder a la zona donde la depositan, puesto que por allí están estos días “molestando” las Farc, y ya les han quemado un camión. Como la basura se deja en bolsas en la calle (a unas horas prefijadas y conocidas), al no recogerla, los perros, gallos etc. las dispersan por los alrededores. Todavía no supone un problema, pero podría llegar a serlo.

Viven del negocio de los taxis. Uno de los dos conductores, Cristian, nos confesó que su padre también es taxista y sus dos hermanos habían sido asesinados en sendos atracos. El otro taxista, Panbaso (el mote que hace referencia a un pan gordito) nos comentaba que tuvo tres hijos con su exmujer, pero que los tres murieron antes de los 5 años, y que él enloqueció y abandonó a su mujer entendiendo que era su culpa. Nos contaban que a partir de las 9 de la noche casi toda la ciudad se convierte en una “olla” (muy peligrosa), sobre todo el sur, pero aquí es lo común, y todos saben que de día no hay mayores problemas, y que en cuanto se esconde el sol, hacia las 18 horas, hay que ir retirándose a la casa.

El consejo que nos dan es “no dar papaya” (no aparentar riqueza). Con eso y llevar vida diurna y un par de precauciones basta. Como en muchos países, de día, quitando algún robo de menor calado, la mayor preocupación es que nos te atropelle una moto. Para desplazamientos nocturnos hay que coger un taxi.

Hace unos días nos levantamos a las 6 de la mañana, como casi todos los días para comprar el desayuno (pandebonos, almojábanas, algunas arepas), y esperando que nos los cocinaran en el momento en un puesto callejero, nos sentamos en una silla de plástico y degustamos un tintico (café solo), y justo delante nuestra hubo un accidente entre un motorratón (taxi ilegal motorizado) y otra moto.

Les asistimos a los heridos, dos con fuertes contusiones y una chica que iba de pasajera sangraba de la cabeza. Avisamos a la policía, que estaba cerca multando a dos muchachos y comprobamos que aunque con una lentitud desesperante, se llamó a la ambulancia y vinieron en un tiempo razonable. Nos contaron que tienen la mala costumbre de ponerse el casco para evitar multas pero no abrochárselo, con lo que en un accidente vuela el casco y es la cabeza la que acaba en el asfalto.

La violencia está omnipresente, en la cultura, en las historias que cuentan, pero a pesar de ello, como dicen aquí “se vive sabroso”. El clima es perfecto (a pesar de llover mucho porque es invierno) y es la zona más agrícola del país, con lo que se come bien y barato, y en general con tener garantizado un techo, se puede vivir con “poquitico”.

Algunos, en bastantes casos hombres, te cuentan que aquí no hay que matarse a trabajar para vivir. Hemos sabido de muchos, sin haber tenido una trabajo fijo jamás, bien viviendo del rebusque (economía sumergida), o bien de la generosidad de las familias han llevado una vida más que digna, incluso permitiéndose algunos caprichos. En el caso de las pocas mujeres que se encuentren en esta situación, suele ser porque tienen un marido que “les gasta”.

Se dan muchísimas situaciones, que a nuestro modo de entender son incomprensibles, y nos suponen un pequeño choque cultural. Me cuesta describirlas, con lo que aporto unos ejemplos:

  • Continuamente familiares del mismo barrio visitan a la familia, pero nadie nunca tiene llaves. Se empeñan en aporrear la puerta a diario, hasta que alguien les abra o bien entiendan que no se encuentra nadie en la casa.
  • No hay espejos en los baños y parece que nadie los ha echado jamás en falta, pero en cuanto nos compramos uno, nos lo piden a diario.
  • Casi ninguna casa tiene horno, ni cuentan con batidoras, abrelatas, sacacorchos. Las ollas son de aluminio de muy mala calidad y las sartenes… sin comentarios.
  • En los talleres mecánicos que hemos visitado, hay profesionales trabajando que en algunos casos ganan grandes sumas de dinero, pero nunca tienen una linterna para seguir trabajando por la noche y se la piden al conductor. Por supuesto, si hay necesidad de una llamada de emergencia y se juntan 4 taxistas profesionales, ninguno tienen un móvil con minutos (casi nadie tiene contrato en el móvil).
  • Acaban de hacer obras en la casa y todo es nuevo: pero los acabados son lamentables; las puertas no encajan, los baños no funcionan bien, hay manchas de pintura por todo, olores por no aislar tuberías… no van a reclamar nada a nadie, porque nadie nunca responde sobre nada, y porque la mitad son amigos o familiares que hacen chapuzas.

Hablando sobre el tema de las garantías nos discutieron que aquí no había garantías de nada. Iñaki y yo nos fuimos a la Oficina de Protección del Consumidor, y un abogado muy competente nos indicó que todo tiene garantías, exactamente igual que en Europa, pero que lo que falta es educación y concienciación. Les queda un largo camino por recorrer.

En las situaciones a las que nos referimos, está claro que a nadie le falta mil pesos para hacerse una copia de llaves, ni 6000 para comprarse un espejo grande o un bombillo (y no bombilla) para el carro, ni para una sartén nueva cuando se estropea. Cuesta asimilarlo, pero aunque podríamos pensar que es la falta de recursos económicos creo que es un tema cultural y de educación.

Hace un par de días nos reunimos con un profesor de la conocida Universidad del Cauca. Es payanés de pura cepa y lleva 6 años de docente en la Universidad, como responsable de varias asignaturas sobre Comunicación y es demás el responsable de la comunicación social de su facultad. Comentó que independientemente del paro crónico en la ciudad, la falta de tejido empresarial, el carácter poco emprendedor de su gente junto con la escasa oferta turística o cultural en la ciudad, se vivía muy rico en Popayán. Una ciudad muy caminable y barata, decía.

Viniendo para nuestro barrio, Deán Bajo, en la zona llamada “primero de mayo” hay un restaurante de un negrito que ofrece comida del pacífico. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nada más llegar a preguntar sobre el menú nos apareció con un delantal que decía “premio Eusko Label”. Resulta que quedó en segundo lugar en el festival gastronómico de la ciudad el año pasado, y el primer premio se le concedieron a unos chefs de Fuenterrabía (Guipúzcoa), que fueron quienes le regalaron el delantal, ¿os lo podéis creer?

Los próximos días esperamos degustar su plato de marisco, a 12000 pesos (4 euros), y a ver si conseguimos invitar y reunir a toda la familia. Todo un reto que acepten ir a un restaurante, y que paguemos cuatro veces más que por un corrientazo (menú corriente) en la ciudad. No estamos nada optimistas, que conste.

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