Jerusalén, Israel, y Belén, Palestina, 26-30 de marzo de 2016

El siguiente día , Sabbath por la mañana vino a buscarnos Moran con su novio, Ilan. Lo habíamos organizado así porque en Israel, desde la tarde el viernes hasta la noche del sábado los transportes públicos dejan de funcionar y gran parte del comercio y restaurantes cierran. Nos llevaron a Holon, una ciudad cercana a la capital para celebrar el cumpleaños de una amiga. Nos encantó comprobar cómo se reúnen entre ellos en un parque, al aire libre, llevando comidas cocinadas por ellos mismos. Nos sorprendió que no hubiera carne y que prácticamente todo era apto para vegetarianos incluso veganos. Tardamos días en descubrir que el país lleva unos tres años muy volcado por la comida y hábitos de vida saludables.

Algunos de los amigos, todos ellos judíos, nos hablaron de lo duro que trabajan en Israel para ganarse la vida y lo cara que es la cesta básica incluso para ellos. Se quejaron amargamente sobre la mala imagen exterior que tienen y nos comentaron que demos testimonio de lo que vemos, puesto que el país ni es inseguro ni peligroso. Efectivamente, los confirmamos; nos hemos sentido muy seguro y tranquilos.

El hermano de Moran está casado con una hija de argentina quien en perfecto castellano nos contó que su abuelo era judío y les ofrecieron venirse. Contaba que las exigencias para demostrar que son judíos eran muy laxas, y que de hecho ella no había recibido formación judía específica y que ni siquiera se había casado siguiendo los preceptos judíos. Sonrió y dijo: “eso sí, los de Buenos Aires deben ser los más sionistas”.

Ya por la tarde nos fuimos a la casa de Moran, y por la noche Ilan, su pareja nos invitó a cenar a su casa familiar. Nos contó que había sido propiedad de la Iglesia Ortodoxa Rusa y que le habían cedido a su familia el derecho a vivir en ella (a cambio de una suma generosa de dinero), pero que no la podían registrar a su nombre. La casa, en pleno centro histórico de Jerusalén tiene casi dos siglos y está a cinco minutos caminando del barrio ortodoxo, musulmán y cristiano. Tras cenar magníficamente salimos a pasear el perro de la casa y dimos con varios judíos ortodoxos. Nos contaba Ilan que alguna vez incluso a él le habían escupido, porque a pesar de ser judío no era una persona pura y religiosa como ellos.

Contaba que los ultra ortodoxos los Sabbath no pueden hacer esfuerzo físico ni trabajar, por lo que la comida la tienen previamente cocinada y cortada (no pueden utilizar el cuchillo), y que incluso el papel de baño, lo tienen previamente cortado desde el día anterior. Tampoco utilizan el móvil ni la luz eléctrica en su día sagrado. Se basan en interpretaciones de la Torá, de varios autores o especialistas y se dedican en cuerpo y alma a estudiar. Las mujeres son amas de casa y las familias suelen vivir de las ayudas del Estado por los numerosos hijos que suelen tener. No tienen ni internet ni televisión en casa, puesto que ello les distraería de su trabajo fundamental que es el estudio del libro sagrado. Decía que hay más de 200.000 sólo en Jerusalén.

El siguiente día visitamos el Yehuda Market, un mercado que de noche se convierte en restaurantes y que durante todo el día está plagado de gente con muy buen ambiente. Posteriormente entramos en el barrio ultra ortodoxo comprobando que viven de un modo muy sencillo, se ve bastante suciedad por las calles y no es un barrio especialmente cuidado. Nos miran muy poco, ni siquiera entre los niños despertamos mucho interés, y cuando entramos a una tienda de verduras nos encontramos con algunas mujeres que se sienten incómodas ante nuestra presencia con lo que decidimos seguir nuestro camino.

De repente, giramos la vista y vemos un acto de los ortodoxos donde más de cien hombres frente a una casa escuchan al Rabino y se aplican en su rezos. Por la noche supimos que era un funeral. Nos impresiona ver a cientos de ellos, separados hombres y mujeres, y nos alegramos de la suerte de haberlo visto.

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Comprobamos que este, el barrio no es un destino turístico y es muy poco visitado por la gente que viene a visitar este país. Queda claro que en la gran mayoría de los casos, la gente viene organizada en Tours y que estos ofrecen visitas puntuales a sitios históricos y sobre todo religiosos, pero que jamás muestran estos barrios. Se entiende perfectamente, pero seguimos convencidos de que el mundo judío es el más desconocido para nosotros, y ver la zona en la que se concentran gran parte de ellos tiene mucho interés, o al menos encaja perfectamente con nuestra filosofía a la hora de viajar.

Más tarde al atardecer accedemos al centro histórico de Jerusalen, esto es, a la ciudad fortificada de 1 km cuadrado y dividida en 4 barrios: el armenio, el cristiano, el judío y el musulmán. Caminar por sus calles nos parece una delicia, y en un punto concreto donde más seguridad se concentra adivinamos sin equivocarnos lo que descubriremos tras un túnel largo y muy controlado por la seguridad israelí: el muro de las lamentaciones. Comprobamos que hay muy pocos turistas y accedemos sin problemas. Nos colocamos la “Kipá” y vemos cómo los judíos rezan en el muro con movimientos regulares y cómo introducen un papelito entre sus ancestrales piedras. Tocamos el muro, caminamos con calma disfrutando del momento y nadie nos impide acceder al muro interno donde otros muchos ortodoxos rezan aún más enérgicamente entre cánticos y plegarias. Ojalá alguien nos contara el contexto de qué, cómo y cuál es el sentido de lo que vemos, pero como en muchos casos, disfrutamos del momento pero llegamos hasta donde llegamos.

Nos alejamos sin prisa, y seguimos deambulando por las preciosas, empinadas y a rato repletas callejuelas de la vieja Jerusalén. Nos sorprende ver una ciudad, que aunque no conserva muchas cosas realmente antiguas, es como un puzzle con retazos y elementos de cada una de las épocas que han dominado la ciudad.

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El lunes de Pascua, quedamos con María, una hermana religiosa de Pamplona que se prestó a enseñarnos la parte cristiana de la vieja ciudad de Jerusalén. Durante más de 7 horas, combina explicaciones históricas y arqueológicas, con dibujos y esquemas en un cuaderno que porta en su bolso con la lectura de la Biblia. Nos fascinaron sus explicaciones y nos encantó conocerla.  Fue una sorpresa descubrir que aunque la Ciudad Santa ha sido demolida 17 veces y levantada en 18 ocasiones, sigue manteniendo elementos de todas las civilizaciones y culturas que la han dominado; romanos, otomanos, época de las cruzadas, etc. Asimismo, quedamos atónitos ante la situación compleja que se dio cuando se estableció el “Estatus Quo”, y a partir de ese momento se pueden dar situaciones en las que por ejemplo tenemos templos sagrados para la cristiandad, que son gestionados por judíos, pero quien tiene la llave es un musulmán. Basta con saber que el Santo Sepulcro es el templo de los cristianos;  que congrega gente desde la lejana Etiopía, Egipto, pasando por Grecia, Rusia o Armenia (ortodoxos, coptos, católicos latinos, etc.), y que todas las noches viene un musulmán que es el responsable de cerrar con llave el templo, dejando dentro en sus habitáculos descansar a cada uno de los responsables de cada una de las iglesias.

Los Franciscanos son la órden que tiene la Santa Custodia en Tierra Santa, y con buen criterio gestionan algunas iglesias y el culto en las mismas.

También tuvimos la oportunidad de conocer cosas del día a día, como que hay una gran solidaridad entre cristianos y musulmanes, y las diferencias de carácter y cultura entre estos últimos y la comunidad judía, siempre desde la perspectiva de una cristiana que vive hace 20 años en Jerusalén, al lado de la puerta de Damasco.

Ya al final nos habló de que en sus primeros años en Jerusalén se habló durante años de una posible guerra química y la Embajada Española repartió máscaras de oxígeno a sus ciudadanos que garantizaban la supervivencia durante unas horas, y que los palestinos no tenían. Fueron falsas alarmas, pero ella se negó a utilizarlo. También habló de cómo con frecuencia, al vivir en un barrio musulmán ve el trato vejatorio y abusivo al que se somete a los palestinos, y de cómo ha presenciado en más de una ocasión situaciones de violencia difícilmente justificables de un lado y de otro.  Nos dice que los judíos no tratan muy bien a los cristianos, y que los ortodoxos en alguna ocasión les pueden hasta escupir, pero el país sabe que vive bien gracias en parte al turismo cristiano que viene a su Ciudad Santa.

Al final nos reconoce que la creación del Estado Palestino nos es fácil, y que en parte también los palestinos se aprovechan un poco de las ayudas de Israel y de que sea un pueblo serio y trabajador.

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Tras un día agotador pero apasionante decidimos reservar el Abraham Hostel para el siguiente día porque nuestra amiga Moran se había puesto enferma y necesitaba descansar y porque queríamos coger una excursión del hotel que salía muy temprano y no teníamos transporte para ello.

Tras despedirnos de Moran e Ilan nos vinimos el siguiente día al hostel, y nos fuimos desde la Damascus Gate, en bus de línea a Belén (Bethlehem para los judíos). Resultó un día agradable, y era la primera vez que pisábamos Palestina. Aunque la ciudad tiene su gracia, se ve la cueva donde nació Jesús y la Iglesia de la Natividad, no resultan tan asombrosas. Hablamos con un vendedor de café tradicional que se quejaba de lo mal que estaba la vida para ellos y repetía: “Dónde está bien para irse a vivir?”.  Comentaba que los turistas nos vamos organizados a hotelazos y que ni pisamos la calle ni damos trabajo a los pobres palestinos. Nos comimos un Kebab por 15 shekels (unos 3 euros) y nos regaló un platillo de patatas fritas. Se lo agradecimos en árabe (shukran), en vez del “todá” que sería para los judíos, y seguimos nuestro camino entre vendedores, tiendas, mercados y artesanos que confeccionan piezas de madera con hueso de aceituna.

Cuando nos paramos a tomar un café se nos acercaron dos palestinos, médicos del hospital oncológico de la ciudad. Hablamos durante una hora sobre las condiciones de vida, y nos comentaron que se las van arreglando. Decían saber poco sobre el conflicto con los judíos, que de vez en cuando oían algo y nos recomendaron visitar Jericó, en Palestina en vez de Ramallah (una ciudad de poco interés pero muy céntrica) o Hebrón, donde se concentra la mayor tensión al ser sagrada para musulmanes y hebreos. Nos invitaron al café y se despidieron muy cariñosos diciendo: “el Donald Trump ese está loco, porque el otro día dijo que iban a venir los musulmanes al mundo cristiano a matar a Jesús”.

Volvimos a coger el bus de vuelta desde Belén y vimos cómo los palestinos tienen que salir del bus y ponerse en fila india y  someterse al “checkpoint” para justificar que tienen permiso para acceder a Israel. Los militares subieron a nuestro bus, y con sólo ver nuestra apariencia de extranjeros nos dejaron pasar, ni siquiera tuvimos que hacer el esfuerzo de sacar del bolsillo el pasaporte.

Una vez en Jerusalén vistamos el Museo de Israel, uno de los más impresionantes que jamás hemos visto. Ya cuando salíamos, una de las recepcionistas alabó mi buen inglés y preguntó con insistencia: ¿qué tal te encuentras en Israel, dímelo de verdad? Le comenté que me sentía muy bien, y me confesó que ella antes circulaba con el coche por toda Palestina descubriendo sus encantos, y que hacía ya hacía 18 años que podía entrar, pero que probablemente ya no saldría con vida. Me deseó buena suerte y nos despedimos.

Cogiendo el bus público hacia el Hostel nos encontramos con dos catalanes, los primeros españoles que veíamos. Cerca de nuestro hotel, nos tomamos unas sopas de lentejas por 1 euro y nos comimos un bocata buenísimo con berenjenas, queso y tomate y caminamos por el centro de la ciudad descubriendo que había un escenario con un concierto gratuito de música (pop-rock).  Tardamos dos días más en descubrir que había unos 10 escenarios por la ciudad con muchísimos conciertos gratuitos durante cuatro días.

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