Bodorrio colombiano, Popayán, Colombia

2017-04-29-PHOTO-00000025

BaileTodos1Con parrocoCon padres

Tras varias gestiones, nuevamente ridículas y repetitivas con los diferentes iglesias y sus responsables, llegó el gran día de la Boda. Los días previos hubo un revuelo especial en la casa, puesto que todo giraba en torno al traje de la novia, los zapatos y demás. El último día hubo un sprint de los que marcan época, porque todavía estaba sin arreglar el vestido de Nataly, ni Don Omar tenía zapatos, ni habíamos previsto el donativo para la Iglesia, etc. Escasos minutos antes de las 16 horas, hora de la celebración vino Zully  a recoger a la novia con el coche decorado con globos y lazos, y con varios botes metálicos que arrastraba el coche mientras tocaba la bocina.

Nadie me dejó muy claro qué pasaba con el novio, y como no podía verla a ella ni su vestido, me fui andando a la Iglesia junto con Don Milton e Iñaki rezando para que no cayera un aguacero, puesto que las nubes anunciaban lo peor. Nada más llegar, me hicieron saber que el padrecito estaba bravísimo (con un cabreo de cuidado) porque llegábamos ya tarde. Alguno bromeó: ¿parece español verdad?, tan estricto con la puntualidad, parece que se ha comido alacranes (se dice del malgeniado  en Colombia que parece que come escorpiones). Les contesté que debía ser primo hermano del cura de la Iglesia Espíritu Santo donde empezamos el expediente, porque vamos, me pareció de un inflexible…

La ceremonia fue bonita y aprovechamos las flores de una ceremonia anterior que lucían todavía espectaculares y contratamos músicos que nos acompañaron durante toda la hora. Vino gran parte de la familia y nos bendijeron y felicitaron sin cesar. El párroco, de carácter duro nos regañó en varias ocasiones, tanto a los novios como al resto de la familia, porque no cumplíamos al pie de la letra el guión preestablecido. Nada más terminar la misa nos deseó lo mejor y nos preguntó rápidamente por la ofrenda para la Iglesia. Don Milton se lo entregó al rato, y dijo entre risas que el párroco disfrutaba contando cada uno de los billetes que contenía el sobre.

Hacia las 19 horas teníamos contratada la cena. El catering lo preparaba un familiar. Cuando ví que ya eran más de las 8 de la tarde y todavía no llegaba, pensé que se cumplía lo que me habían contado, que siempre “se demorada harto”. En efecto, hacia las 11 de la noche, sólo cuatro horas más tarde de lo previsto llegó diciendo que se le había estropeado el horno, !y qué pena con ustedes!. Nadie estaba especialmente preocupado, puesto que había ron viejo de caldas y aguardiante caucano para todos. Además, teníamos una chirimía, que tocaba en vivo con instrumentos típicos de la zona. La mitad eran familiares, y nunca quieren cobrar por tocar, con que no les falte la bebida lo hacen con pasión.

Sentandos en sillas de plástico nos sirvieron el sabroso plato que constaba de dos tipos de carne, de res y cerdo con ensalada, una dulce con mango y otra salada con piña. Estaba rico, y la gente lo agradeció, aunque partir la carne con el cuchillo de plástico era todo un reto. La música no dejó de sonar en ningún momento, y tras dar por finalizada la cena, todos seguimos bailando. A petición nuestra, la canción que abrió el baile fue “el pájaro amarillo”, la canción tradicional preferida de la abuela. Tras la chirimía vino un animador, también conocido por todos que animó el cotarro y de ahí se paso a música pregrabada que alternaba entre la música romántica, la bachata, la música de cuerda y la salsa, entre otros muchos.

Como siempre, la gente colombiana, apasionada por la vida lo dio todo hasta el final. No faltaban las botellas de licor, que en vasos plásticos diminutos beben de golpe, desde los chavales de 16 años hasta los abuelos. Los niños mientras tanto, bailan entre ellos y los bebés, pasan de mano en mano, bailando y riendo hasta que caen rendidos. A las tres de la mañana cerraron el local, y ya sólo quedaban opciones para los que quería “el remate” en algún otro sitio. Como bien sabemos, a partir de esa hora sólo quedan borrachos y ladrones, con lo que nos retiramos en grupo a casa.

Los siguientes días, son siempre ocasiones en las que se vuelven a juntar, y recochan (bromean), recordando cómo se cayó una, lo que se emborrachó la otra, de cómo bailaba la señora que sacaba a bailar incluso a los hombres (cuando lo tienen que hacer ellos), y de cómo tumbaron a Milton y a Iñaki en el suelo para pasar encima de ellos bailando.

Es admirable cómo gozan y disfrutan de la vida, y de cómo el baile tiene un papel fundamental en esta sociedad. Siempre he dicho que no saber los pasos de la bachata o la salsa lo convierten a uno en un auténtico analfabeto social.

Sólo teníamos unos 60 invitados, pero pedimos 150 menús. La idea es que la gente se trae a cualquier familiar sin avisar, y además se llevan algún plato para el que se ha quedado en casa. Siempre hay quien se acabe la comida del día anterior, el problema es tener de menos. Hoy contaban que vino un niñito de unos 7 años hijo de unos de los músicos de la chirimía. Por lo visto, venía con una americana y unos guantes, y dijo que había estado toda la noche trabajando de portero, permitiendo acceder al recinto sólo a los que eran familiares y tenían invitación. Nos reímos a carcajadas cuando contaron que había venido a pedir su plato de comida, puesto que estaba ejerciendo un trabajo de portero, y merecía al menos esa recompensa.

 

 

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