Despedida colombiana, Popayán, Colombia

Como todo en la vida, llega a su fin. La última semana la hemos pasado despidiéndonos de la gente. Esto suele implicar varias invitaciones a almorzar y muchos besos y buenos deseos. Así ha sido, con la familia del Tío Jaime (doña Lola), Bibiana la peluquera, Bibiana la paisa, Carlos Arboleda y toda la familia Medina.

El día de la madre también lo celebramos en familia. Se dice que es el día de más homicidios del año, porque los hijos se juntan en la casa y tras el alcohol las discusiones llegan a tal grado que termina en balacera (tiroteo) y echándose plomo. En nuestro caso nos fuimos a casa de Hilda y estuvimos un buen rato comiendo y luego uno mucho más largo bailando, que es como aquí inevitablemente acaban todos los eventos sociales.

Momentos antes habíamos reído a rabiar porque don Omar nos quiso llevar a toda la familia en su propio Taxi. Cuando nos fuimos montando todos, los siete de la familia, justo en el momento de arrancar se le rompió la correa de distribución y nos tuvimos que bajar todos y caminar. Iñaki comprobó que las ruedas estaban destrozadas y el mantenimiento general del carro, que es la fuente de ingresos  de la familia, realmente era pésimo. Aquí nadie se sorprende de nada, y nosotros también, cada vez menos.

La despedida con la familia ha sido dura, y abandonar, una ciudad con un clima siempre templado y una gente tan maravillosa, nunca es fácil. Doña Doris se ha puesto bravísima porque nos quería meter en nuestra maleta mangos, tomates de árbol, además del café y panela, y dice que no cabía nada. No sirve de nada insistir en que está prohibido llevar frutas, semillas, productos cárnicos y demás a otros países. Si cuela, cuela.

Iñaki tiene más días de asueto, pero Yudi y yo nos volvimos desde Bogotá. El vuelo a la capital fue bien, y luego nos fuimos a casa de Johana, una chica que trabajó para la ONU con anterioridad y alquila una habitación al lado del aeropuerto. Vive en un conjunto cerrado, conjunto de casas protegidas por verjas y seguridad privada, y pelín retirado de una calle típica colombiana, repleta de tiendas y vendedores de todo. Sin embargo, descubrimos que tanto ella como su marido son encantadores, y unos viajeros con una filosofía de vida que coincide mucho con la nuestra.

Nos habló maravillas de Leticia, el amazonas colombiano. Nos contó que todavía se puede ir allí, coger una lancha una o dos horas, y perderte en un poblado indígena sin luz ni internet, ni señal de televisión. Nos habló maravillas de  los mochileros, unos pájaros que construyen unos nidos alargados, que si no son aceptados por su hembra tienen que volver a destruirlos para volver a construirlos, y a por otra.

Nosotros somos mochileros de otro tipo, mucho más comodones, materialistas, y por supuesto menos románticos, pero nos encantaría encontrarnos con estos otros hermanos, para descubrir su destreza y aislarnos unos días del continuo ruido de motores, contaminación y algarabía habitual de estos países.

Como hacíamos escala en Atlanta, EEUU, haciendo honor a sus normas estrictas de seguridad nos han hecho pasar un mal rato porque traíamos medio bocata de jamón york del que nos han dado en el mismo avión (de compañía estadounidense). Hemos tenido que dar alguna explicación y pasar un rato por el control de alimentos, pero todo ha quedado en nada.

Definitivamente, volvemos con varios kilos de más, después de un régimen cárnico estricto, pero felices de haber comprobado de nuevo, que Colombia sigue siendo un país fantástico cuya población,  y lo dice ya mucha gente, es realmente única. Hasta pronto.

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