Diyarbakir, Turquía, marzo de 2018

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Nada más llegar a la capital kurda preguntamos por el destino de un bus, un chico nos indica que accedamos al bus, y para cuando entramos ya ha pagado nuestro billete. A mitad de camino otro nos indica que salgamos, que hay que hacer un cambio de bus, y este vuelve a pagarnos el bus. ¡You are my guest!.

Tras llegar al hotel, nos tomamos un Ayran en la calle (yogur líquido con menta que se bebe en unos cuencos de cobre) y nos encaminamos hacia un Caranvasarai (donde pernoctaban las caravanas de la ruta de la seda) y una señora con su hija nos hacen gestos preguntando; “¿y qué haceis aquí?”. La madre, cuyo padre es de Diyarbakir pero su madre de Van,  profesora retirada no habla inglés, pero pega continuos codazos a su hija para que nos pregunte cosas. Ella, Basak, que ha vivido en Alemania, sin poder aguantar la risa sacía las ansias de curiosidad de su madre. La tarde termina tomándonos un té con las dos e intercambiándonos el correo para poder vernos algún otro día. Nos produce gran tristeza que nos cuenten que varias iglesias cristianas han sido últimamente bombardedas y ya no se pueden visitar. Un médico de la zona nos dice con dolor “están destrozando nuestra civilización, nuestra historia”. Nos aterra pensar que en el casco histórico de una ciudad Patrimonio de la Humanidad pueda ocurrir algo así a día de hoy.

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Aquí se aprecian al fondo las iglesias cristianas, pero el acceso está cortado y los monumentos musulmanes, repletos de banderas turcas

Ya por la noche, nos encaminamos hacia un restaurante elegante, donde la dueña, una kurda orgullosa de su cultura nos cuenta miles de historias que nunca terminamos de entender.  Creo que no compartimos ni cinco palabras en un mismo idioma, pero ello no impide que nos tomemos varios tés y un café cada uno (Khava).

Nos queda claro que los Kurdos siguen sufriendo mucho (la última batalla en Afrin- Siria) y nos dice entre risas que el Parlamento Vasco vino hace años a esta ciudad a solidarizarse con el pueblo kurdo.

Al final pedimos un excelente Lamhacun por 14 liras. Nada más salir de allí nos arrimamos a una panadería, que como en casi todas tienen horno de leña. Como os podéis imaginar, salimos con un pan debajo del brazo que no podemos rechazar. Regalo del panadero.

En fin, no es la primera vez que pisamos esta zona, pero siempre nos sorprenden.

El siguiente día tras desayunar en el hotel (tomate, pepino, huevo duro, y un queso y aceitunas saladísimas con té) nos planteamos rodear las fastuosas murallas de la ciudad. Son las segundas mayores del mundo tras la Muralla China, y aunque estén remodeladas, las originales tienen más de 3000 años, y cada torre tiene inscripciones de épocas diferentes.

Tras varias horas, accedemos un barrio con la idea de visitar la Iglesia Ortodoxa siriaca del siglo IV, y nos encontramos con unos ingenieros eléctricos con los que entramos a la Iglesia. No sé el grado de amistad que tienen con el que lo enseña, pero el ticket de 2 liras no nos lo cobran a nadie, y nos deja un buen rato para verla. Tiene un interés indiscutible, y todavía todos los domingos celebran misa en arameo. Sólo con pensar que no debe de haber ni cincuenta personas que lo hablan… Está repleta de matices y secretos. Al menos ésta está a salvo por el momento.

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Lengua aramea, ¿os pensabais que estaba extinta y que ya nadie lo hablaba?

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Al salir, nos preguntan si queremos ver una cosa cultural. Accedemos a un patio de un centro cultural donde presenciamos a tres abuelos, uno de ellos ciego que cantan canciones tradicionales basadas en historias reales que todos conocen. Algunos señores interrumpen, el ciego toca una flauta que nunca hemos visto y a ratos canta, y comprobamos que todo forma parte del mismo espectáculo. Ni rastro de turistas occidentales por ninguna parte.

 

Vemos que venden diferentes tipos de café pero que nos son todos negros, y compramos un par de bolsitas para probar en casa.

Almorzamos un pincho moruno de cordero, e insistimos en que sólo queríamos un plato para los dos. Nos traen barbaridades de comida de una calidad excelente, pero cuando vamos a pagar vemos que nos han cobrado dos. Nada más salir del restaurante, viene un camarero corriendo quien nos pide disculpas y nos devuelve e mano las 22 liras de más que nos había cobrado. En fin, sin palabras.

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Por la tarde, visitamos la magnífica mezquita, de las más antiguas del mundo, que ya en el siglo VII fue Iglesia, y la magnífica madrasa (escuela coránica), y en un centro cultural por fin vemos a los primeros turistas, dos italianos del sur que viven en Turquía porque están de Erasmus.

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Al rato, escuchamos música en otro local y nos tomamos allí un café con unas palomitas. Es música rock, y suena muy bien. Está repleto de gente joven y moderna que fuma y habla apasionadamente. Los precios son muy altos, pero el local es magnífico. También descubrimos otro caranvasarai y otras mezquitas majestuosas por todas partes.

Ya por la noche, Basak nos invita a probar vino asirio. En una terraza de un Palacio en la bazar, donde para entrar hay que saltar entre los chispazos de una rotaflex que está puliendo un metal. El vino nos resulta de poca graduación, de poco cuerpo. Lo sirven con algo de queso y encienden fuego en el centro de la terraza. El ambiente es magnífico. Nunca nos habríamos imaginado estar en un sitio tan antiguo y tradicional en esta tesitura. Basak nos habla de que se siente muy incomprendida en un entorno social y familiar tan poco abierto, y en una cultura tan hermética para las mujeres. Ella ha vivido en varios países europeos y sabe de lo que habla, pero ahora su madre está enferma y tiene que acompañarla.

Volviendo al hotel nos interesamos por unos dulces de pistacho, y el encargado nos termina regalando dos unidades. Fresco y equilibrado. Son unos artistas.

El siguiente día vamos temprano al Nevroz. Hordas de hombres y mujeres vestidos con trajes tradicionales nos acompañan primero en bus y luego caminando. No tiene pérdida. Tras una seguridad brutal, con triple valla de contención, tanques antidisturbios y helicópteros que rodean el parque conseguimos entrar. Una vez allí nos encontramos con una fiesta de orgullo de la identidad kurda. Hay decenas de miles de personas. Muchos llevan trajes tradicionales, portan banderas, y bailan en círculo entre amigos y familiares. Otras llevan un traje militar, que recuerda al PKK (grupo terrorista) y parece una provocación al ejército. Este vídeo ilustra la celebración:

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La gente nos habla y nos da la mano, en muchos casos nos quieren hacer partícipes de su sufrimiento y de su lucha. Nos cuentan que sus dirigentes, democráticamente elegidos están todos en la cárcel y que el actual Gobierno está impuesto por Estambul. Tristemente, el tema nos suena. Nos hablan de la aniquilación kurda en ciudades como Afrin, donde sus hermanos han muerto en manos del ejército turco. Es un día festivo pero reivindicativo. Nos sentimos muy tranquilos y seguros, no hay ningún conato de violencia. Durante unas horas disfrutamos del espectáculo, pero más adelante se convierte en un mitin político, con más propaganda que folclore, con lo que decidimos sin prisa volver a la ciudad.

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Durante media hora un chico nos acompaña caminando indicándonos hacia dónde ir, porque ya no hay transporte para volver. En cuanto ve el bus que nos conviene, nos da la mano y nos indica donde subirnos. Justo allí Iñaki entabla conversación con una chica, profesora de infantil, quien se interesa por nosotros y nos comenta que nos quiere enseñar algunas zonas nuevas de la ciudad.

Pensamos para nosotros que seguro repetimos sitios porque ya hemos conocido mucho, pero nos volvemos a equivocar porque nos lleva a varios cafés y casas tradicionales nuevos donde degustamos comida y algo de té. Se muestra especialmente tozuda con invitarnos a todo.

Pasamos varias horas hablando con ella y al final de la tarde nos confiesa que ha vivido en Francia, y que viajando por Europa no la han tratado muy bien. No entiende por qué la gente piensa que son árabes (cuando no lo son), por qué asumen que llevan velo y por qué se les mira de reojo, porque son gente de segunda clase cuando en realidad son tan hospitalarios y tan generosos. Nos comenta que está sufriendo porque ve que muchos de sus compañeros están siendo despedidos porque viajan al extranjero y que teme que hay escuchas telefónicas desde el Gobierno, porque han despedido ya a muchos funcionarios, y encarcelado a jueces, periodistas y demás críticos del Gobierno.

También admite que se está replanteando incluso su fé ahora mismo, y que no ve comprensión ni siquiera entre la gente culta a la que se le supone cierta apertura mental. Nos habla de libros, de autores y por su obsesión por replantarse las cosas y ser autocrítica.

Nos habla con tristeza de un cineasta famosísimo turco, que vino a hacer un documental a Diyarbakir y le robaron la cámara de fotos. Todos los medios nacionales dieron la noticia diciendo que esta ciudad sigue siendo insegura y poco desarrollada. A veces, los turcos de grandes ciudades le preguntan si tienen centros comerciales. Está claro, que no sólo nosotros tenemos prejuicios y no viajamos a estas zonas, tampoco lo hacen los turcos.

Empatizamos con ella y nos ponemos en su piel. Tiene un buen trabajo y un buen sueldo, pero conocer otras cosas, viajar y leer le ha abierto un abanico mental de nuevas formas de entender la vida que no casan con la cultura local. Le deseamos la mejor de las suertes y le comentamos lo que un vendedor de alfombras nos había confirmado anteriormente: que Europa y las Naciones Unidas tenemos gran parte de responsabilidad en estos temas, y que nos estamos callando. Son conscientes de que en una época Europa sonaba a países con valores y con cierta fuerza y criterio, y que ahora estamos actuando de un modo vergonzoso.

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