Mardin, Turquía, marzo de 2018

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El siguiente día vamos a Mardin, una ciudad con 6000 años de historia habitada. Todavía a día de hoy nos recuerdan que conviven kurdos, turcos, árabes, cristianos, y varios más que no sólo no conseguimos recordar, sino que no sabemos lo que son. ¡Cuánto desconocimiento!

Compramos jabón de varios tipos y preguntamos en las joyerías por un señor de Mardin que conocimos en su día. No sabemos su nombre, pero tenemos su foto, y nos contó que estaba casado con una chilena y todos le conocen. Le llaman por teléfono y quedamos en vernos en Estambul, porque está en viaje de negocios. Nos vamos de Mardin con la sensación de que hay que volver con más tiempo, puesto que sus 12 iglesias, su hamman del siglo XIII todavía activo y su magnífica arquitectura con iglesias caldeas del siglo IV, y sus vistas a Mesopotamia y Siria no se puede ver en una tarde.

 

Coincidimos con dos chavales polacos a los que vimos en el Nevroz. Almorzamos con ellos y nos quedamos helados sabiendo que hablan polaco, español, inglés, turco y árabe, con sólo 20 años. Habían venido a dedo desde Diyarbakir. En fin, cuando me hablan de que nos vienen generaciones de gente muy bien preparada que se va a comer el mundo, no se me ocurre mejor ejemplo que esta pareja.

A la vuelta nos para el ejército tres veces en tres controles tan seguidos como repetitivos. Estamos a escasos kilómetros de la frontera siria, pero a Iñaki y a mí no nos hacen ni caso, de hecho ni nos piden el pasaporte. Somos turistas.

Tras tomar un último vino por la noche con Basak nos despedimos de Diyarbakir y sus 21 grados con sol radiante.

Estambul nos recibe con frío y lluvia. Por la tarde quedamos con nuestro amigo de Mardin en Kumkapi, un barrio elegante donde se come buen pescado y hay música en directo siempre. Cuando damos con él y le enseñamos la foto, ríe a carcajadas y nos dice: “¡pero si es mi hermano!”, yo nunca os había conocido.

No sabemos dónde había estado la confusión, pero el caso es que cenamos con él, nos cuenta que tiene tres hijos en Chile y otros tres en Turquía, y él como cristiano critica a los musulmanes diciendo que sólo saben trabajar y ahorrar dinero. Apura su último raki (un anisete con bastante alcohol) y nos estrecha la mano enérgicamente.

Nos despedimos de él y de Turquía, por el momento, no sin antes recordar lo magnífico de su arte, lo increíble de su historia y cultura y lo excepcional de su gente. Hasta muy pronto.

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