Delhi, 17-18 de noviembre de 2018

 

Tras un par de vuelos siempre tediosos Yudi y yo llegamos a Delhi. El fantástico metro nos condujo a Paharganj, el barrio más habitual para los viajeros. Tras varios minutos asediados por los buscavidas damos con el hotel. Nos cuentan que nuestra habitación está ocupada por otros, porque hemos llegado algo más tarde de lo que dijimos en la reserva, pero tienen otra más cara. Tras un rato de charla nos dejan esta al mismo precio al que la habíamos reservado. El típico truco del almendruco.
Está sucia, está pegada a una zona en construcción donde los azulejadores trabajan a destajo. Por la noche descubrimos que además es tremendamente ruidosa. Vamos, una joya.
Un paseo hacia el fuerte de Delhi por uno de mis atajos habituales desemboca en una caminata de varias horas, donde un ejército de esclavos tiran de carruajes repletos de mercancías. Algunos son abuelos y van descalzos. La gran mayoría tiene unas fuertes

correas adheridas a su cuerpo con las que pueden hacer más esfuerzo y tirar con más tracción.

Al poco rato, comprobamos que la escena se repite durante varios kilómetros y da la sensación de no poder escaparnos de ese infierno.
Nos tomamos un té de camino, y comprobamos que por todas partes hay campesinos que venden sus verduras y frutas en puestos ambulantes. Hemos pasado de la zona comercial a una más agradable.
No podemos dejar de sentirnos afortunados. Para la gran mayoría de estos ciudadanos, posiblemente no haya otra alternativa. Nosotros solo llevamos unas horas en el país, y ya se nos está haciendo pesado.
Tras varias horas caminando entre estrechas o inexistentes aceras, con frecuencia invadidas por mercancías, frutas, vendedores, rickshows o animales variados llegamos de nuevo al hotel. Sin darnos cuenta, llevamos mas de 6 horas de caminata y estamos reventados.
No nos cuesta mucho decidir que mañana nos vamos de la ciudad. Como primera toma de contacto ha resultado suficientemente asfixiante.
La gente nos para con frecuencia, y lo prudente, aunque cuesta mucho es no contestarles. Si tras un saludo cordial y preguntarnos por nuestra nacionalidad entramos al trapo, es probable que terminemos entrando a tiendas de artesanías o desviándonos de nuestro camino. Cuando nos negamos a seguir sus instrucciones nos avisan que el barrio no es recomendable, que es un poco inseguro y que no hay nada que ver. En cuanto nos alejamos de zonas turísticas, nadie nos interrumpe. Ni rastro de inseguridad, carteristas o zonas inseguras.
Esa misma noche nos acercamos a la cercana estación de trenes para comprar un billete para Lucknow. Un señor que se identifica como trabajador de la estación nos cuenta que la oficina ya no se encuentra allí, y con gran destreza y dotes de actor nos invita a tomar un transporte para ir a otra zona y comprar el billete. Su interpretación es magistral, gesticula, grita y afirma con tal contundencia que me hace dudar. Rechazo su oferta con dureza y volvemos a nuestra calle.
El siguiente día por la mañana compro el billete sin ningún tipo de problema en el sitio esperado y del modo conocido. !maldito embustero!.
Este nivel de picaresca es común en zonas turísticas. Eso sí, es muy improbable que se pase de ahí.
Bueno… voy a matizar lo de sin problemas. Para comprar un billete de tren en Delhi hay que ir a la oficina de turistas, sobre todo si eres capaz de encontrarla. Da la sensación que la ocultan a posta para dar vidilla a los rebuscadores.
Una vez allí compras un billete que cuando proceda te da turno para que te atiendan. Lo cómico es que una vez allí tienes que rellenar un formulario muy extenso definiendo el tren que quieres, día, hora, número de tren, etc, pero previamente nadie te ha dado ninguna información sobre la oferta que existe. Además tienes que portar pasaporte, sin el cual no te lo venden.
Con frecuencia no hay billetes para el mismo día.
Más tarde caminamos hacia Conought Place, el supuesto centro de la ciudad, y nos comemos nuestra primera Samosa. Es una zona de clase alta, repleto de tiendas y buscavidas. Nos invaden varios supuestos ciudadanos nobles que nos quieren llevar obsesivamente  a la única oficina de Turismo del Estado, donde la información es veraz y gratuita.
Una vez allí veo que venden desde paquetes turísticos hasta tarjeta de teléfono y billetes de tren, y si les aprietas, hasta alguna alfombra de la suegra. Eso sí, con un inglés impecable.
Salimos de allí sin comprar nada y decidimos preguntar a los locales cómo volver hacia nuestro cercano barrio. Muchos no saben la respuesta y otros nos dicen apresuradamente que está muy lejos y que cojamos un tuk-tuk.
Como en muchos sitios, la gente conoce pocas cosas y se mueve todo en transportes públicos, y esto, para los turistas raros que quieren caminar es realmente frustrante.
En cuanto nos orientamos llegamos caminando en 10 minutos de reloj a Paharganj. Muy cerca y fácil.
Por la tarde conseguimos una tarjeta SIM por 5 euros para todo el mes, y ya con Internet garantizado nos aseamos en el hotel y nos vamos a coger el tren nocturno (categoría Sleeper 2a) hacia Lucknow, de lo mejorcito que existe en el país.
Un mundo de gente espera el tren por la noche. No sin esfuerzo nos dicen que corramos hacia nuestro vagón puesto que está muy lejos del lugar donde nos encontramos. Tenemos litera con mantas, almohada y sábanas. El tren chirría continuamente y los cambios de vía son de una brusquedad que nunca hemos conocido, pero los indios roncan con tal despreocupación que entendemos que todo debe ser normal. Intentamos descansar, no sin esfuerzo.
Mañana nos espera Lucknow. Como dice Yudi: “madresita, madresita…”.
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